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2012, Año de la Escucha y Calidad de Vida
DIOS HA HABLADO al hombre. Ese es el hecho más atestiguado en todas las páginas de la Biblia. El Desconocido se ha hecho amigo, el Silencioso se ha hecho palabra. Por ella ha descubierto su rostro y ha mostrado sus designios. Lo hizo en muchas ocasiones y de muchas maneras por medio de los profetas, de los sacerdotes y de los sabios en el Antiguo Testamento y, en la plenitud de los tiempos, por medio de su propio Hijo; Jesucristo nuestro Señor. Por eso, no puede haber tarea más urgente ni ocupación más importante para el hombre que escuchar la palabra que ha rasgado los cielos y ha llegado hasta la tierra. Abrir los oídos y acogerla, porque de su acogida o rechazo depende la vida o la muerte.
OIR LA PALABRA de Dios es una actitud esencial del hombre en la Sagrada Escritura. La escucha desempeña un papel primordial para definir las relaciones del hombre con Dios.
La religión de la Biblia insiste en la escucha. La comunicación con Dios no se establece a través de la visión, sino de la palabra oída.
El hombre debe vivir a la escucha de la Palabra de Dios, no sólo ocasionalmente, sino en todo momento; no sólo en algún período determinado, sino en todo tiempo y lugar.
¡Calla y escucha!. Dos grandes verbos para el hombre. Hay que hacer huecos en el interior, crear espacios vacíos donde Dios pueda plantar su palabra. Sólo debe oírse su voz y el hombre estar ante ella en un silencio profundo. Su palabra no puede ser interrumpida por ninguna otra palabra ni por ninguna preocupación. Nada debe distraer al hombre de la escucha.
A veces nos quejamos de Dios: no nos habla. Pero, probablemente, nunca hemos hecho un silencio interior para poder escucharle. Nunca, acaso, hemos tomado el libro que contiene su Palabra y nos hemos sentado con él, sin prisas, tranquilamente, como cuando nos sentamos a conversar con los amigos; sentarnos en silencio con la palabra de Dios entre las manos y decirnos a nosotros mismos: "¡Voy a escuchar lo que Dios dice!" (Salmo 84:8).
Para poder escuchar hay que proceder, pues, a un acercamiento entre el que habla y el que escucha, tender puentes. La primera muestra de interés por la palabra de Dios es ese paso hacia adelante para poder distinguir netamente su voz: "¡Acercaos, naciones, para oír; estad atentos, pueblos; escucha, tierra, y cuanto encierras, y tú universo, con todo tu producto!" (Isaías 34:1).
Por eso no puede escuchar de cualquier manera, sino que la Palabra le obliga a poner todo su ser en su aceptación y acogida.
Escuchar, sí, pero escuchar con atención, escuchar con los oídos, poner todos los sentidos en la Palabra que viene de Dios. La escucha está caracterizada por la tensión de todo el ser (at- tendere significa tender hacia). El hombre está como volcado sobre la Palabra de su Señor.
La escucha atenta deposita la Palabra en el corazón y la pone al abrigo de todos los enemigos, al amparo de todos los peligros. Si el hombre escucha atolondradamente, es como si Dios hubiera hablado al vacío. La Palabra se la lleva el viento, sin dejar rastro alguno.
Una escucha que se defina por la verdad es aquella en la que el hombre pone toda su vida, lo que es, su ser entero. En su actitud no hay nada de falso o engañoso.
El que escucha de verdad es un "adicto" de la escucha, está en permanente actitud de oyente, está dando en todo momento audiencia a la palabra de Dios.
Hay que escuchar a Dios en todo. No sólo en aquello que me agrada o me va, no sólo en las cosas que me son favorables ni en lo que quiero o me apetece. No se puede hacer una escucha selectiva de la palabra, en la que escojo lo que me agrada y desecho lo que me desagrada. La escucha ha de ser no sólo "atenta" y "verdadera", sino también "total", absoluta, sin restricciones. Todo lo que Dios ha dicho merece ser escuchado, todo merece la misma veneración y respeto. Todas las palabras que salen de su boca son vida para el hombre, todas le conducen hacia la plenitud del Reino.
La Palabra se yergue ante mí en un hoy continuo. Cada momento de mi vida cae bajo el hoy de Dios. Él no tiene tiempo. No conoce lo que es pasado o futuro. Su palabra está ahí, eterna y soberanamente eficaz. Y está dirigida a mí. Dios se ha tomado la molestia de "salir" de sí mismo y de venir en mi busca. No es suficiente una escucha "atenta" "en todo", "con todo el corazón"..., si no es hecha HOY. El hombre no puede decir a Dios: "Mañana te atenderé- mañana pondré mi vida a tu servicio..., mañana te oiré con gusto..., mañana te escucharé de verdad y atentamente". No, la escucha no admite treguas ni dilaciones. ¡Se acabaron los plazos! Hay que escuchar a Dios, aquí y ahora, en este preciso momento. Ya es hora de dejarlo todo y ponerse por entero a la escucha de la palabra de Dios. Sólo cuando el hombre está en estado de vigilia y de silencio puede decir: ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!
Samuel es un maestro de la escucha. Sólo quien tenga su actitud podrá oír el susurro de la voz del Señor. Pero también nosotros, como Samuel, podemos decir a Dios: "Tú habla, Señor, que tu siervo está preparado para acoger tu palabra...; di lo que quieras, que tu palabra no va a caer en tierra estéril...; estoy con los oídos tendidos hacia ti...; el anhelo de mi corazón es tener un oído que oiga... Tú, Señor, a lo tuyo, que es hablar; yo, a lo mío, que es escuchar".
Un corazón que escuche expresa la actitud más profunda del hombre frente a Dios. Salomón pidió la abertura del corazón para que acogiera todo aquello que sale de la boca de Dios. Por eso no se puede pedir al Señor ningún regalo mejor que éste: ¡dame un corazón que escuche!
El oído es el órgano por excelencia de la revelación divina. Hay más necesidad de oyentes inspirados que de "habladores" inspirados. Escuchar es esencial e imprescindible. Antes de hablar hay que escuchar.
Escucha y vida, calidad de vida
Vivir es el ansia suprema del hombre. Por eso la vida es como el resumen de todas las bendiciones de Dios: Si Israel escucha la palabra de Dios, tendrá siempre abundancia de pan y de agua (alimentos esenciales para la vida), el número de sus días será colmado; no habrá muertes prematuras ni mujeres que aborten (que pierdan la vida que llevan dentro) ni mujeres estériles (que no puedan dar vida); la enfermedad (que causa el fin de la vida) será alejada de los confines de Israel. La fertilidad de la tierra estará asegurada. Las lluvias llegarán a su tiempo, y hombres y animales podrán vivir sin temor.
Todos los bienes de la existencia humana están prometidos en la palabra de Dios. Si Israel la escucha y la guarda, su vida será feliz, dormirá en paz, la maldición que pesaba sobre la tierra desde el día en que los padres pecaron será cambiada por una bendición, sus días de vida en la tierra prometida se prolongarán sin fin. Todo irá bien: la tierra dará sus frutos, los rebaños serán fecundos, no se conocerá ni la esterilidad ni el aborto. No habrá en el mundo entero nación tan bendecida como Israel: siempre estará encima y nunca debajo, siempre estará a la cabeza y nunca a la zaga.
Pero la mayor necesidad del hombre no es la de añadir algunos años a su vida, sino la del vivir una vida que no tenga fin. Eso es lo que nos ofrece Jesús, eso es lo que se anuncia en su palabra: la vida es nuestro destino final, las tinieblas se desvanecen ante la llegada de la luz, los huesos resecos se ponen en pie ante la palabra del Resucitado. La palabra nos ha traído la gracia y el indulto de Dios. En su resurrección, Jesús nos ha dado todas las garantías de que la muerte es vencible y de que la vía de acceso al Padre está ya abierta.
La Palabra exige un género de vida que corresponda a lo que en ella se anuncia. Si ella salva, exige del creyente una vida de salvado; si da vida, exige una vida de resucitado. La vida entera debe regirse por esa Palabra que, salida de
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