Hay una pasión que nos consume en nuestra adoración: Darle la gloria a Dios en Cristo Jesús (Filipenses 3:10). Debemos superar nuestra obsesión por tratar de encontrar el estilo perfecto de alabanza, que sólo sirve para dividir al cuerpo de Cristo. La adoración refleja tanto la unidad como la diversidad del cielo. La adoración es el canto que entonamos a Dios con un corazón humillado y lleno de agradecimiento. Cualquier estilo musical, sean himnos o salmos, música sacra o evangélica, sean alabanzas contemporáneas, ritmos caribeños y latinoamericanas… todas estas expresiones son formas de adoración, sobre todo cuando se ofrecen al Señor con alegría y amor. Dios requiere que le adoremos en espíritu y en verdad. Sin embargo, en un mundo donde las apariencias lo son todo, es fácil acercarse a la adoración como nos acercamos a cualquier otra cosa: para complacer a la gente. Nos olvidamos que Dios se complace más con nuestra pureza que con nuestro profesionalismo. No sólo Dios desea nuestra adoración, sino que Él se la merece por completo.